Perdonamos a los que nos ofenden

por Maureen Kramlich, Esq.


Quizás el momento más conmovedor en el libro Pena de Muerte – un momento que no aparece en la película– es cuando Lloyd LeBlanc recuerda el día que identificó el cuerpo de su hijo asesinado. La autora, Sor Helen Prejean, relata:

[Cuando] llegó con el diputado del alguacil al campo de caña a identificar a su hijo, se arrodilló junto a su muchacho — "acostado allí con sus dos ojitos saltones como balas" - y rezó el Padre Nuestro. Y cuando llegó a las palabras: "Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden" no se detuvo ni titubeó, y dijo: "Quien sea que haya hecho esto, yo lo perdono".
El libro – que es la base de una película, de una obra de teatro y recientemente de una ópera– es mayormente un relato del ministerio de la Hermana Prejean entre los prisioneros condenados a muerte. La historia de LeBlanc no es la más prominente en Pena de Muerte pero es posiblemente la más conmovedora.
A pesar de que la respuesta inicial al brutal asesinato de su hijo, y a la violación y asesinato de la novia de su hijo fue perdonar, él confrontó una lucha permanente para vivir ese perdón. En la audiencia pidiendo clemencia para el asesino, LeBlanc se levantó para urgir que se cumpliera la sentencia de muerte. Pero poco después fue a confesarse. Aunque trató de evitarlo, asistió a la ejecución. Allí, el asesino de su hijo, Patrick Sonnier, se excusó y le pidió perdón. LeBlanc inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Años después de la ejecución, LeBlanc todavía ofrece ayuda financiera al ministerio de la Hermana. Prejean con los prisioneros sentenciados a muerte, a quienes él llama "hijos de Dios". él asiste a la adoración eucarística semanalmente, y ora por la familia Sonnier. Y consoló a la madre de Patrick Sonnier en su lecho de muerte.
Las historias de los familiares de víctimas de asesinatos son muy rara vez relatadas. Las historias de miembros de la familia que abogan contra la pena de muerte, menos todavía. Dos de estas inspiradoras historias aparecen a continuación.

La historia de un padre
Julie Welch, una reciente graduada de la Universidad de Marquette, en Milwaukee, Wisconsin, muy versada en idiomas extranjeros, servía como traductora en la Administración de Seguros Sociales en el edificio federal Alfred E. Murrah en la ciudad de Oklahoma. El 19 de abril de 1995, antes de dirigirse a su trabajo, asistió a misa. A las 9:02 AM, saludó a su primer cliente. Poco después, una bomba redujo a cenizas el edificio. Ella y otras 167 personas perecieron aquel día.

Después de la muerte de Julie, su padre, Bud Welch, se entregó a la bebida y a fumar para aliviar la pena de su pérdida. Todos los días el señor Welch se paseaba por la cerca encadenada que demarcaba el sitio en donde ocurrió la explosión.

El señor Welch siempre se había opuesto a la pena de muerte pero sus conocidos solían decirle: "Si llega a pasarte a ti, cambiarás de parecer". Cuando le pasó a él, efectivamente cambió su modo de pensar. él recuerda "el primer mes más o menos, después de la explosión, cuando Terry Nichols y Tim McVeigh fueron arrestados y condenados, yo ni siquiera quería que los juzgaran. Yo quería que los frieran".

Pero un día se encontraba de pie bajo un olmo junto al sitio de la destrucción, observando a los dolientes caminar por la cerca. Su cabeza le dolía por los tragos de la noche anterior, pero comenzó a formular mentalmente estas tres preguntas: "¿Necesitas juicios ahora? ¿Necesitas condenas? ¿Necesitas ejecuciones?"

Reflexionando sobre esta última pregunta, recordó una conversación que había tenido con Julie durante un viaje por carretera viniendo de Marquette hacia su casa. Un reportero anunciaba en la radio que el estado de Texas había efectuado una ejecución la noche anterior. Julie se volvió hacia su padre y le dijo: "Papá, me enferma lo que están haciendo en Texas. Inculcando el odio en sus hijos y eso no tiene ningún valor redentor". El recuerdo de esas palabras sacudió inmediatamente al señor Welch y le hizo ver que sería un error ejecutar a Nichols y a Mc Veigh. Y dijo: "el día que matemos a uno de ellos será un día de furia y de venganza, y venganza y furia es exactamente la razón por la cual Julie y los otros 167 están muertos". En su mente en aquel momento, halló la respuesta a su pregunta: No, él no quería ejecuciones.

Poco después el señor Welch dejó de tomar. Se convirtió en un elocuente portavoz contra la pena de muerte. De sus compromisos para dictar conferencias deriva gran consuelo al compartir relatos sobre la vida de Julie, su compasión, sus contribuciones. Una conferencia lo llevó a Buffalo, New York, cerca del sitio en donde Timothy McVeigh creció y en donde su padre y su hermana viven todavía. El señor Welch recuerda una tarde en que miraba el noticiero: un reportero trató de entrevistar al señor McVeigh pero éste evadía las preguntas del reportero y solamente una vez miró hacia la cámara. El señor Welch vio una pena innegable en los ojos del señor McVeigh. El señor Welch reconoció ese dolor porque él lo estaba viviendo. En ese momento el señor Welch decidió que quería conocer al señor McVeigh.

La reunión entre el señor Welch y el señor McVeigh no fue fácil. Pero encontraron que tenían algo en común como descendientes de católicos irlandeses. Los dos conversaban en la cocina de los McVeigh. Jennifer McVeigh, hermana de Timothy, se les unió. El señor Welch se sorprendió mirando, muy concientemente, sobre la mesa, una fotografía 8" x 10" de Timothy McVeigh en la escuela secundaria. Finalmente dijo: "Dios santo, que muchacho tan buen mozo". Una lágrima rodó por la mejilla del señor McVeigh.

Al final de la reunión, el señor Welch ofreció su mano al señor McVeigh y a Jennifer. Jennifer lo abrazó y comenzó a sollozar. El señor Welch la miró y le dijo: "Mira, querida, los tres estamos aquí por el resto de nuestra vida. Decidamos hacer lo mejor. No deseo la muerte de tu hermano y haré todo lo que pueda por evitarla".

Timothy McVeigh fue ejecutado el 11 de junio de 2001. El señor Welch se opuso a la ejecución. Hasta el presente, mantiene contacto regular con el señor McVeigh.

La historia de una madre
Brian Muha acababa de completar su primer año en la Universidad Franciscana en Steubenville, Ohio. Era brillante, atlético y piadoso – el prototipo del joven americano. Al final del semestre regresó a su casa, pero la estadía fue corta pues planeaba tomar clases de verano. Antes de partir, ordenó que enviaran rosas a su madre. La señora Muha las recibió el día después de él haber partido y lo llamó para agradecerle. No estaba en su casa. Más tarde, la policía informó a la familia Muha que Brian y su amigo Aaron habían desaparecido. Un equipo salió en su búsqueda. Después de casi una semana, los cuerpos ensangrentados de Brian y de Aaron fueron hallados en una colina bajo un cobertizo de rosas silvestres. Tres sospechosos fueron arrestados.

Durante esa semana en que el estado de Brian pasó de "desaparecido" a asesinado, la señora Muha se dedicó a rezar. Su oración era el Padre Nuestro. Y lo rezaba deliberadamente, reflexionando, preguntándose, retándose: "¿Puedo rezar esto? ¿Cuál es ese perdón que Dios quiere?"

Ella perdonó a los asesinos de su hijo. Aún después de que supo que los tres hombres habían decidido asesinar a su hijo por lo "emocionante" y más tarde alardearon de su acción. Aún después de saber que Brian fue secuestrado, golpeado con un revólver y forzado a ascender la colina hacia su muerte. Aún después de saber que había sido sometido a tormentos y muerto estilo "ejecución". Aún después de que tuvo que revivir esos horribles detalles al asistir a dos juicios. Y a pesar de que los asesinos nunca se arrepintieron de sus actos ni aún se han arrepentido.

"Perdonar a alguien", dice ella, "no quiere decir excusar sus acciones. No significa que aceptamos que lo que hicieron está bien.... No significa que entiendes, o que ellos tenían una buena razón para actuar como lo hicieron. No significa que estás diciendo que no deben ser castigados. Quiere decir renunciar a la ira, al odio, al deseo de venganza y al rencor hacia alguien que te ha herido. Significa tener buena voluntad, querer lo mejor para esa persona y ayudar a que lo consiga. En última instancia, lo mejor para todos es el Cielo. Haz lo que puedas por quienes te han herido para que ellos puedan ir al Cielo".

La señora Muha reza incesantemente por la conversión de los asesinos de su hijo. Ella los llama sus hermanos. "Ellos son mis hermanos y los tuyos", dice, "porque todos somos hijos del mismo Padre Celestial".

La señora Muha no se ha conformado con rezar por estos hombres. Ha ido aún más allá: Ha intercedido por ellos. Específicamente pidió que no fueran ejecutados aunque uno de ellos fue sentenciado a muerte. Y ella habla en contra de la pena de muerte: "Hay una sola razón para no usar la pena de muerte y creo que esa razón prevalecerá al final. Esa razón es que cada uno de nosotros ha sido creado. Esto significa que pertenecemos a Alguien –con A mayúscula– y ese Alguien tiene derecho sobre nuestra vida".

La señora. Muha enfatiza que al rechazar la pena de muerte no está rechazando la justicia o el castigo. Más bien, al rechazar la pena de muerte, ella abraza la vida. "Necesitamos ser testigos radicales de la vida", dice, incluyendo la vida de los más culpables, para poder cambiar la corriente hacia una cultura de vida".

Y ella ofrece precisamente esa clase de testimonio radical, honrando la vida, no con venganza sino con obras de caridad y de esperanza. La señora. Muha fundó una beca en memoria de Brian. Los fondos están disponibles para jóvenes de los barrios pobres del centro de Pittsburgh, Steubenville y Columbus (Ohio), porque Brian era de Columbus y sus asesinos son de Pittsburgh y de Steubenville. También ha establecido una fundación y ha ayudado a financiar varios proyectos para jóvenes de barrios pobres del centro de la ciudad. Compró la casa en donde Brian y Aaron fueron secuestrados y la convirtió en un apartamento para clérigos y religiosos que no pueden costear su renta mientras estudian en la Universidad Franciscana. Pide a quienes se alojan allí, rezar por los asesinos de Brian y de Aaron.

La respuesta de un hermano
El hijo de la señora Muha, Chris también ha escogido perdonar a los asesinos de su hermano. En el momento de dictar la sentencia en el juicio, Chris ofreció su perdón a los asesinos con estas conmovedoras palabras llenas de fe: "Les ofrezco mi perdón. Los perdono, no porque tuvieron una niñez difícil, porque eso no es excusa. Los perdono, no porque estaban deprimidos, porque eso no es excusa. Los perdono porque yo he sido perdonado. Y deseo muchísimo creer que ustedes están realmente arrepentidos de lo que han hecho".

La Iglesia y la pena de muerte
La fe de la señora Muha le dio fortaleza para perdonar. Su reflexión sobre las enseñanzas de la Iglesia, especialmente las expresadas por el Papa Juan Pablo II, la impulsaron a oponerse a la pena de muerte. Las enseñanzas de la Iglesia sobre la pena de muerte han sido objeto de malentendidos desde la publicación en 1995, de la encíclica del Papa Juan Pablo II, El Evangelio de la Vida, y las subsiguientes revisiones al Catecismo hechas a la luz de esta encíclica. En El Evangelio de la Vida, el Papa Juan Pablo II explica:

Es evidente que, la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy, sin embargo, gracias a la organización cada vez más adecuada de la institución penal, estos casos son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes. (no. 56)

El Catecismo ahora refleja esta enseñanza (no. 2267).
La Iglesia ha profundizado su comprensión de la enseñanza sobre la pena de muerte haciendo evidente que el único uso moralmente apropiado de la pena de muerte es como defensa. Y ella ha tomado en cuenta que tal defensa del inocente puede conseguirse hoy, en la mayoría de las circunstancias, en modos que no requieran destruir la vida humana.

Hoy, la Santa Sede busca la abolición de la pena de muerte en todo el mundo. El Santo Padre mismo ha intervenido en varios casos en los EE.UU. pidiendo clemencia. Y los obispos, en conferencia e individualmente, han estado pidiendo activa y vigorosamente, la abolición de la pena capital.

Conclusión
Es muy fácil presentar la cuestión de la pena capital en forma de "nosotros contra ellos", como un conflicto entre víctimas inocentes de un asesinato y sus atacantes. A veces los más elocuentes y sinceros oponentes de la pena de muerte son quienes han sufrido más a manos de criminales violentos. . Ellos nos urgen a mirar más allá del instinto de venganza, al Dios infinitamente amoroso cuyos hijos todos somos. Al final, el asunto definitivo no es cuán malvadas son las acciones de los criminales, sino cómo debemos responder si queremos llegar a ser una sociedad que reverencia y respeta más completamente la vida humana.


Maureen Kramlich, Esq. es analista de normas públicas para el Secretariado de Actividades Pro-Vida en la Conferencia de Obispos Católicos en los EE.UU.

Programas modelos
Animar a feligreses, amigos y vecinos a firmar una Declaración de Vida producida por Pax Christi, EE.UU. La declaración expresa que si el signatario muere como resultado de un crimen violento, no se buscará la pena de muerte contra sus atacantes. Para mayor información, ver www.paxchristiusa.org.

Organizar un ministerio para fieles que han sido víctimas de violencia. Para víctimas que deben ser parte de un juicio, el ministerio podría ofrecer apoyo acompañándolos a la corte, cuidando a sus niños y cocinando para ellos. Otras veces, el ministerio podría escribir cartas o enviar tarjetas a miembros de la familia y a amigos íntimos en el cumpleaños o aniversario de la muerte violenta del ser querido, y también el día de Todos los Fieles Difuntos.

Recordar a las víctimas en la liturgia. Rezar por víctimas de violencia y por sus familias durante la Plegaria universal. Celebrar una liturgia en memoria de las víctimas de violencia. Proveer espacio en la parroquia para un memorial y un reclinatorio para orar. Este espacio podría incluir velas, un libro de recuerdos y pequeñas fotos de los seres queridos. Esto se podría llevar a cabo durante la Semana Nacional de las Víctimas en abril.

Recursos
Documentos educacionales

El Evangelio de la Vida/The Gospel of Life. Papa Juan Pablo II, 1995. Washington, D.C.: USCCB. (Español e inglés, $9.95).

Llamado del Viernes Santo para abolir la pena de muerte/A Good Friday Appeal to End the Death Penalty. NCCB. Washington, D.C.: USCCB (Español e inglés, 25/$10).

Responsabilidad, Rehabilitación y Restauración: Perspectiva católica sobre el crimen y la justicia criminal. NCCB, 2000. Washington, D.C.: USCCB (Español e inglés, $5.95).

Statement on Capital Punishment. USCC., 1980. Washington, D.C.: USCCB ($2.50).

Recursos impresos adicionales

Against Capital Punishment: The Anti-Death Penalty Movement in America, 1972-1994. Herbert H. Haines. Cary, N.C.: Oxford University Press, 1996 ($19.95).

Against the Death Penalty: Christian and Secular Arguments Against the Death Penalty. Mark Constanzo. Scottsdale, Pa.: Herald Press, 1997 ($14.99).

CACP News Notes. Carta noticiero bimensual. Catholics Against Capital Punishment. Arlington, Va. (Gratis).

Catholics and Capital Punishment: The Morality of Capital Punishment According to Church Teaching. Augustine Judd, O.P. New Haven, Conn.: Knights of Columbus Catholic Information Service, 1998.

Capital Punishment in the United States: A Documentary History. Bryan Vila y Cynthia Morris (eds). Westport, Conn.: Greenwood Press, 1997 ($49.95).

Choosing Mercy: A Mother of Murder Victims Pleads to End the Death Penalty. Antoinette Bosco. Maryknoll, N.Y.: Orbis Books, 2001 ($17).

Dead Men Walking: An Eyewitness Account of the Death Penalty in the United States. Hermana Helen Prejean. New York: Random House, 1993 ($13). La película basada en el libro ha sido producida en español con el título Pena de Muerte.

The Death Penalty: An Historical and Theological Survey. James J. Megivern. Mahwah, N.J.: Paulist Press, 1997 ($29.95).

The Death Penalty in America: Current Controversies. Hugo Adam Bedau, (ed). New York: Oxford University Press, 1998 ($21.50).

The Killing State: Capital Punishment in Law, Politics, and Culture. Austin Sarat (ed). Port Chester, N.Y.: Cambridge University Press, 1998 ($39.95).

Audiovisuales
Talking About the Death Penalty. Video de 10-min. de la Oficina de Vida Familiar de la Diócesis de Fort Wayne-South Bend, 1999 ($5).

Internet
USCCB

Catholics Against Capital Punishment
www.cacp.org

Death Penalty Information Center
http://deathpenaltyinfo.org

Murder Victims? Families for Reconciliation
www.mvfr.org

Traducción: Marina A. Herrera, Ph.D. Bethesda, MD.

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